Cuento sin título.
Bueno, ahí va un cuento al cual no le he dado continuidad, pero bueno, veamos que sale =P.

La tarde era roja, tan roja, como era el suéter que usaba la mujer que se sentó en la fuente, la cual estaba observando su delicada y pálida cara q se reflejaba en el agua de la fuente, en la cual podía observar los estragos una terrible tristeza. El trovador callejero mientras tocaba historias de duendes y nomos, la observaba desde que se posó en la fuente y le trajo una gran curiosidad; de repente se le vino a la mente, q debía de hacer algo para alegrarla, así que muy despistadamente se acerco al lugar en donde estaba la mujer con su pesadumbre. A espaldas de la chica, comenzó a tocar un armonioso tono, casi desapercibido, pero que llegaba a los oídos de la chica como en ensueño. Ella sin darse cuenta, comenzó a tararear, contando sus penas a través de algunas notas que emanaban de su boca.
Ya sea por inercia o por curiosidad, la chica volteo hacia el lugar de donde provenía esa melodía, que la hacia emanar aquella canción, al momento en que se cruzaron las miradas del trovador y la chica, la mirada de tormento de la chica se desvaneció en la tierna mirada del trovador, la cual le transmitía una gran comodidad, al verse en los ojos de él era como si tuviera un gran poder en desvanecer todas las inquietudes de ese momento; hasta que decidió dar el primer paso para callar la canción y acercarse lentamente al trovador, justo como se acerca una barca en un lago taciturno a la orilla. Cuando comenzó a sentir que su distancia era cada vez mas corta, reaccionó del ensueño en el que se mantenía gracias a esa melodía hipnotizadora, cuando reacciono sintió como su cara comenzó a tomar aquel color que se toma cuando nos avergonzamos. El trovador por fin dejó de tocar al sentir que su misión había sido completada - la chica del suéter rojo había sido feliz durante esos pocos segundos eternos que duró la melodía -. Sin embargo, el trovador no sabía los sentimientos que había depositado en esa alma del suéter rojo.

La tarde era roja, tan roja, como era el suéter que usaba la mujer que se sentó en la fuente, la cual estaba observando su delicada y pálida cara q se reflejaba en el agua de la fuente, en la cual podía observar los estragos una terrible tristeza. El trovador callejero mientras tocaba historias de duendes y nomos, la observaba desde que se posó en la fuente y le trajo una gran curiosidad; de repente se le vino a la mente, q debía de hacer algo para alegrarla, así que muy despistadamente se acerco al lugar en donde estaba la mujer con su pesadumbre. A espaldas de la chica, comenzó a tocar un armonioso tono, casi desapercibido, pero que llegaba a los oídos de la chica como en ensueño. Ella sin darse cuenta, comenzó a tararear, contando sus penas a través de algunas notas que emanaban de su boca.
Ya sea por inercia o por curiosidad, la chica volteo hacia el lugar de donde provenía esa melodía, que la hacia emanar aquella canción, al momento en que se cruzaron las miradas del trovador y la chica, la mirada de tormento de la chica se desvaneció en la tierna mirada del trovador, la cual le transmitía una gran comodidad, al verse en los ojos de él era como si tuviera un gran poder en desvanecer todas las inquietudes de ese momento; hasta que decidió dar el primer paso para callar la canción y acercarse lentamente al trovador, justo como se acerca una barca en un lago taciturno a la orilla. Cuando comenzó a sentir que su distancia era cada vez mas corta, reaccionó del ensueño en el que se mantenía gracias a esa melodía hipnotizadora, cuando reacciono sintió como su cara comenzó a tomar aquel color que se toma cuando nos avergonzamos. El trovador por fin dejó de tocar al sentir que su misión había sido completada - la chica del suéter rojo había sido feliz durante esos pocos segundos eternos que duró la melodía -. Sin embargo, el trovador no sabía los sentimientos que había depositado en esa alma del suéter rojo.
